Parece que va a llover

“Parece que va a llover”, dijo mientras aruñaba y dejaba marcas en un patrón, no tan patrón, en el vaso de café que llevaba vacío ya varias miradas atrás.

***

Caminaba por la universidad cuando me topé con él. Iba tan ensimismada y disfrutado el clima extrañamente cálido de la mañana, pues llevaba ya casi un mes de lluvia constante, que no interesaba prestar atención a quién o qué se encontrara en mi camino. Estaba tratando de decidir si era martes o miércoles, si dirigirme hacia el salón de Ciencias Sociales o al de Cálculo, cuando escuché un: “¡Mi amor!”. Claro, no fue necesario desviar la mirada para saber quién lo decía. Después de todo, cientos de veces había escuchado esa frase. Paré en seco, y no pude evitar sonreír. Quizá mis mejillas se tornaron un poco rosadas. ¿A quién engaño? Lo hicieron; sentí el calentón instantáneamente. No esperó a que respondiera o lo buscara. Él se paró frente a mí, me dio una de sus miraditas coquetas y preguntó: “¿Qué vas a hacer ahora?”. No sé exactamente qué sucedió, si fue que olvidé la clase o decidí ignorarla, solo sé que casi sin permitirle terminar, ya estaba contestando. “Voy de camino a un café. Si me acompañas, te invito uno”, dije. Accedió, y comenzamos a caminar. Al menos, eso creo. Estaba tan nerviosa que no sentía mis piernas. Pudimos haber caminado sobre hielo, corrido o patinado y yo no hubiera sentido la diferencia. Intenté hablar varias veces, pero las palabras se enredaban en mi garganta mucho antes de salir. ¿Qué me ocurría? ¿Podía notar lo nerviosa que estaba? Opté por caminar en silencio y esperar a qué él hablara. Después de todo, los viejos hábitos tardan en morir.

Llegamos al merendero y todavía no habíamos intercambiado una sola palabra. En realidad no estaba tan lejos. Unos pocos minutos tomaba llegar, pero, como se sentía, podía ser eterno el trecho. La tensión que experimentaba era demasiada. ¿Qué me pasaba? ¿Cómo se me ocurrió invitarlo? ¿Y si no quería estar aquí y no encontraba cómo decirlo? ¿Lo había obligado a venir conmigo?… ¿Me extrañaba como yo a él? 

***

“Un café oscuro y un pocillo”. No necesitaba preguntar qué quería. Esa había sido mi rutina matutina por mucho tiempo, el mejor tiempo del semestre. Habíamos caminado hasta allí hombro con hombro, pero aún no me atrevía a mirarlo desde que me saludó. ¿Se había ido el color de mis mejillas? ¿Me pondría más nerviosa? ¿Notaría mi ansiedad? ¿Se reiría? Pero, al mismo tiempo, necesitaba verlo. Era la primera vez en un mes que lo veía. Cuánto lo extrañaba. Cuánto deseaba toparme con él. Cuántas noches perdí planeando exactamente qué diría… ya tenía hasta el libreto memorizado. Necesitaba perderme en esos ojos verdes una vez más. ¿Quién sabía cuándo los volvería a ver? Así que comencé a mirarlo de soslayo. Pude divisar una sonrisa; eso me dio fuerza para continuar. Me giré un poco, mientras esperaba el café, y respondí su sonrisa. “Todavía recuerdas”, dijo. “¿Cómo no hacerlo? Si eras la mejor parte de mis mañanas…”, pensé. Sonreí aún más, si era posible, y bajé la mirada intentando ocultar el sonrojo que encontraba su regreso a mi rostro.

Tomé mi café y busqué una mesa disponible. La única era la usual: redonda, bajo el árbol, la más apartada. Tomé asiento y mezclé la media cucharada de azúcar morena que le había echado de prisa al café para salir de allí, mientras lo esperaba. Tomó el asiento junto a mí, como de costumbre ya no tan costumbre. Consideré volver a intentar hablar, pero decidí callar. ¿Por qué había hecho esto? De seguro me veía estúpida. Invitarlo fue un error. Ya nada era igual; no tenía idea de qué hablar. ¿Y si no me extrañaba? ¿Y si mi ausencia este pasado mes lo hacía feliz y se encontraba ahora en pausa de dicha felicidad?

Lo miré a los ojos, y, de momento, todas las preguntas que inundaban mi pensar desaparecieron. Me miraba atentamente. Lo hacía desde que se sentó, y ya solo quedaba medio café en mi vaso. Me sentía incómoda. De seguro mi rostro delataba mi estado; ya sentía el calentón nuevamente apoderarse de él. Por más que quería, no podía apartar la vista. Oh, dios, ¿por qué tenía que tener unos ojos tan hermosos? Grandes, verdes y, como siempre, rojos. Ay, José. Siempre en su trance de marihuana. Cuán delicioso era recostarme de su pecho, ser rodeada por sus brazos y ser intoxicada con esa aroma, tan suya, tan mía, tan nuestra… Perpetuamente tan presente, que era ya su perfume. Besarlo… Ay, besarlo. Sus labios siempre tibios, suaves y acogedores, como almohadas para mis labios, siempre me recibían con ternura. Su aliento me enviciaba; el sabor a cannabis predominaba. Besarlo era encender un porro y fumarlo hasta acabarlo. Me apartaba del mundo, echaba a un lado mis preocupaciones, me hacía feliz…

***

“Parece que va a llover”, dijo mientras aruñaba y dejaba marcas en un patrón, no tan patrón, en el vaso de café que llevaba vacío ya varias miradas atrás.

Fue entonces cuando noté que quizá él estaba igual de nervioso que yo. Yo no había hablado en todo ese tiempo, pero él tampoco. No sabía qué decir. Quería hablar con él, pero, ciertamente, sobre el clima no era. Asentí y permanecí callada. ¿Era una broma de mal gusto de parte del universo? ¿El día que amanece radiante y, junto a él, mis ánimos, me topo con él y regresa la tempestad? No, no, no. Esto no podía ser. Resistí el impulso de reír.

Pasaron unos segundos y, con la mirada aún fija, frunció los labios de una manera sarcástica, ofreciendo media sonrisa. ¿Será posible que pensaba lo mismo que yo? ¿El universo conspiraba contra él también? Le devolví la media sonrisa y no me pude contener. “¿Qué piensas?”, pregunté.

“Tú sabes”, respondió.

“Nunca supe qué significa esa mirada”, suspiré.

“Te extraño”

Quería apartar la mirada, pero aún no podía. Necesitaba un momento de privacidad para analizar el momento. ¿Me extrañaba? ¿Por qué no me había llamado? ¿Se dio cuenta ahora? ¿Llevaba sufriendo igual que yo? Tenía mariposas en el estómago, no sentía las piernas, la lengua se me hizo pesada, tenía un nudo en la garganta. En fin, al parecer no pudo esperar más y preguntó: “¿Tienes briscas ahí?”.

“¿Cuándo no?”

“Pues, hagamos una cosa. Jugamos y, si gano, te doy un beso. Si ganas tú, pues…”

“Te doy un beso”, interrumpí.

No sé si fueron los nervios o si quise perder a propósito. Solo sé que cuando ganó y vino a recolectar su recompensa, estaba tan nerviosa que escuchaba mis latidos claramente. Sus labios eran tal y como los recordaba y el aliento a marihuana era tan fuerte, que hasta luego de tomar café era detectable. Beso tras beso, me sedujo. Cada vez quería más, cada vez se me hacía más difícil apartarme. Nos quedamos en la mesa bajo el árbol hasta la hora de almuerzo, besándonos, mordiéndonos, acogiéndonos. Por fin estaba feliz. Por fin estaba rodeada de mis brazos favoritos, recostada de mi pecho favorito, intoxicada por mi olor favorito.

Fue entonces que recibió una llamada. No tardó mucho. Enganchó, diciendo: “Dale, te veo ahora”, y se dirigió hacia mí: “Me voy al teatro.” Con un beso de pico, se paró, tomó su bulto y, sin una palabra más, se marchó.

 “Te veo, linda. Que se repita”, lo escuché decir ya lejos de mí.

***

Miércoles. Era miércoles. Me había ausentado al repaso del examen final de cálculo.   

10 notes

¿Por qué? ¿Por qué me toca a mí enamorarme perdidamente de la persona más incorrecta posible?

110 notes
Rimas sueltas

Niebla 

Tengo un corazón que ya no quiebra;
cargo un corazón que se tornó en piedra.
Tengo un corazón que solo escapa de la niebla
Cuando de niebla el pulmón se envenena. 

27 notes
Anonymous: Fran, no tienes tu propia historia de amor que contarnos? Anda:))

Jajaja, se aburrirían si les cuento.

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